
A MARLLYBET PIEDRAHÍTA, cuando tenía diez años, un atentado terrorista le amputó las piernas. Pese a ello, estudió, se enamoró y es madre.
Por: Gustavo Ospina Zapata (elcolombiano.com)
¿Quién podrá luchar contra los deseos de una mujer de amar, ser amada y parir hijos?... ni siquiera el terrorismo, que con sus explosiones lo cercena todo... o casi todo.
Eso que es tan complejo, ahora lo tiene claro la bella Marllybet Piedrahíta Morales 14 años después de que por culpa de un petardo que estalló a su lado se quedara sin piernas. Pero eso no más, porque la bomba no la venció ni la privó de la fortuna de ser madre, una bendición que ella, a sus 23 años, le agradece a Dios.
-Yo, además de perder mis piernas, me reventé por dentro. Siempre me dijeron que no iba a poder tener hijos, pero vea, resulté con tres...
Marllybet sonríe. Lo hace con amplitud y abriendo de par en par sus ojos verdes y su blanca dentadura. Lo hace de corazón, porque no le ha quedado tiempo para el odio.
Y emprende su viaje al pasado con el rostro un poco más serio, más lleno de nostalgia, y con un leve suspiro.
-Yo tenía diez años, estaba en cuarto y mi papá me mandó con mi hermanito Smith a comprar el algo para la escuela. Cuando nos despachaban tiraron un petardo. Sentí un estruendo fuerte y por allá oía a mi papá que me decía que no me fuera a ir, que esperara, que fuera fuerte...
Marllybet vivía en ese entonces en el barrio El Pesebre, muy azotado por la violencia de entonces. Está segura de que el bombazo no iba contra ella ni contra su hermanito, que también salió lesionado.
Y no tiene idea si iba dirigido contra el dueño de la tienda, pero sabe que a él no le pasó nada ni a nadie más, pues en su billetera de mano guarda el pequeño recorte de prensa en el que apareció registrado el suceso.
-Fue la noche del 23 de julio de 1996. A mi hermanito no le pasó mayor cosa, pero yo perdí mis dos piernas. En el momento no fui muy consciente de las cosas. Incluso, después de estar como tres meses en el hospital, cuando salí del coma, le dije a mi mamá que me quería levantar, pero ella se puso a llorar y salió. Entonces vino el médico, me explicó y me dijo que no podía salir caminando porque no tenía piernas. Era yo tan niña, tan inocente, que le dije al doctor que mi mamá si era bobita, que si por esa bobada se puso tan mal. El médico lloró, me dijo unas palabras y me abrazó...
Tres milagros
Con otro suspiro y un silencio corto, Marllybet vuelve al presente. Y la risa retorna mientras abraza con ternura a sus gemelas Asly y Emily.
Dos milagritos por los que ella luchó durante ocho meses en la total incertidumbre, porque los pronósticos no eran los más alentadores.
-Me habían dicho mucho que no podía tener hijos, yo le rogaba a Dios que me diera la oportunidad. Ya había nacido Emmanuel, que ahora tiene 3 años, y no me pasó nada. Lo tuvimos porque mi esposo y yo no nos cuidamos pensando en mi incapacidad para tenerlos...
-Además, decían que él tampoco era apto para engendrar, porque tenía varicocele-, añade Beatriz Correa, madre de Julián Acevedo, el esposo de Marllybet y padre de las tres criaturas.
Pero fue tal vez por eso, porque el terrorismo puede tumbar casas y edificios, derribar puentes y quebrar estructuras, matar a inocentes a granel y seguir ahí como si nada. En miles de casos, dejar lisiados y amputados, pero a veces no es capaz de quebrar un corazón valiente.
Y así era y es el de esta joven de Medellín, que pese a su fortuita discapacidad no se dejó vencer y siguió su vida en la mayor normalidad posible. Al parir a sus hijas dice que estuvo a punto de morir, que era una lucha de su vida contra las de ellas.
-En el quirófano casi muero y le rogué a Dios que me dejara vivir...
Y vivió. Actuó con el mismo valor que lo hizo cuando el petardo casi le quita la vida. Así lo recuerda:
-Al principio no fui muy consciente, estaba muy niña, pero cuando ya tenía 13 ó 14 años, empecé a sentir lo que me había pasado. Me daba cosita ver a mis amiguitas jugando, pero no había más qué hacer, seguir adelante con la ayuda de Dios.
Tiempo de amar
Y vino el amor. No tener piernas no implicó cerrar el corazón. Entonces, sacó tiempo para enamorarse, pues para amar y ser amada no hacían falta piernas sino sinceridad, pasión, entrega, lealtad. Y esto, que no se lo arrebataron los insensatos que lanzaron el petardo esa noche triste de julio de 96, lo encontró en Julián, a quien tampoco le fue fácil conquistarla. Ella, como muchas jóvenes, se dio el derecho de exigir y caer sólo en brazos del que la conquistara.
-Al principio no me gustó, me parecía un baboso, y él insistía. Así pasó mucho tiempo, pero un día dejó de llamarme y lo extrañé, una amiga me dijo que era porque me gustaba, le respondí que qué tal, que qué me iba a gustar, ja, ja, ja...
-Así fue también con mi esposo, un día me pidió la arrimada y lo cogí a piedra, después empecé por pasar el tiempo y vea ya, ahí estamos hace tantos años-, añade la suegra de Marllybet.
Y así, al tiempo que vivió sus coqueteos amorosos, a los que tenía todo el derecho como mujer, Marllybet siguió estudiando. Con mil esfuerzos terminó bachillerato, luego estudió para recepcionista digitadora, labor en la que trabajó un tiempo, y ahora estudia atención en call center.
-Anhelo estudiar para enfermera o médica, cuando estuve hospitalizada me enamoré de esa labor, pero no ha habido plata...
Es cierto. Las dificultades económicas son lo más duro en la vida de esta joven. A pesar de tantos años de su tragedia, el Estado nunca la ha indemnizado ni le ha ayudado. Sólo ahora busca un auxilio con Acción Social y su meta es que le ayuden con una casa para levantar a sus hijas y su niño.
En el momento, vive de arrimada y hacinada en una piecita que le abrieron en la casa del suegro de su suegra, sin más bienes que una cama y un colchón que tira al suelo para podersen acomodar los cinco (Julián, ella y los pequeños). Lo demás, sólo trebejos, porque no hay televisor ni en qué oír música ni en dónde sentar una visita. Incluso, su vieja silla de ruedas, ya ni rueda y no hay dinero para para comprar otra.
¡Cómo habría sido de distinta su vida sin el terrorismo!
Una pregunta que se lleva al viento y que su corazón esquiva responder mientras aprieta contra su pecho a sus dos nenitas, que no paran de moverse y jugar.
-¡Qué se puede hacer! Este es mi momento. Sólo espero que Dios me dé vida para criar a mis hijos, ya que me los dio, será que tiene algo bueno para ellos, eso me dice la gente...
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